lunes, 1 de septiembre de 2008

Êrase en un pueblito de los Andes. Cuento.

No sólo la selva peruana tiene en su repertorio de cuentos y leyendas la narración sobre el famoso Chullachaqui.
Érase en un pueblito de los andes ayacuchanos un pequeño, bueno y travieso duendecillo llamado por propios y extraños CHULLA. Tenía apariencia humana, piel blanca, mirada penetrante, ojos claros, bigotes chamuscados y una voz pavarotiana retumbante. Andaba unas veces haciendo el bien y en otras urdiendo bromas o infinidad de travesuras en todos los pueblos andinos. Un día, fungiendo ser animal doctor, en vez de curar la vaca, menester de veterinario, de una bien oronda vecina, le causó la muerte instantánea. La gente intrigada en el lugar comentaba –seguro por jugar con la osamenta de la huaccra lo habrá hecho. Esta desventura cometida por el duendecillo le produjo enormes pérdidas a la vecina. Bien pudo alcanzar el valor de la vaca para la compra de por lo menos diez costales de afrecho… para poder cebar más a sus puercos.
En otra ocasión el famoso duende de la comarca, hizo de taxista, trasladando de un lugar hacia un pueblo aledaño, a un simpático viajero. Este servicio lo hizo a lomo de mula, animal predilecto del duende en sus andanzas. El androide llevó al transeúnte en el anca de la bestia. El viaje duró unas dos horas. No se sabe que conversaron los dos por el camino, el hecho es que llegado al lugar Maíz, el duende muy enojado lo convirtió al viajero en mujer. La noticia llegó en ese entonces a todos los rincones de los pueblos contiguos.
Como todo duende incansable, andarín, aborrecido por muchos y admirado por otros, después de una larga travesía se encontraba divirtiendo en una enorme ciudad; esta vez montaba un burro de metal. Como en todas las historias el famoso duendecillo por infortunio del destino un día menos pensado fue tumbado por el burro metálico, produciéndole la fractura de una de sus piernas. Triste el duendecillo viéndose mermado en su físico para hacer el bien u orquestar travesuras, se resignó a su mala leche, el destino lo había convertido de CHULLA en CHULLA-CHAQUI. Desde aquel día, imposibilitado de hacer más travesuras, el Chullachaqui de los andes camina con dificultad de pueblo en pueblo, pero esta vez cantando y deleitando a la gente con hermosos huaynos y yaravíes a tal punto que es conocido también como “Señor del Yaraví”.

Juan E. Guzmán L.

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